No más violencia

Los hechos de violencia que recientemente empañaron la final de la Liga Profesional de Baloncesto no pueden seguir tratándose con mano suave. No se pueden seguir mirando con el rabito del ojo y, mucho menos, pueden seguir quedando impunes.

Las pasiones que desata el deporte no tienen por qué terminar en actos vandálicos y gran parte de la responsabilidad de evitar que los aficionados se sientan poderosos como para detener por completo un juego, un espectáculo, es de las autoridades. Y no me refiero únicamente al equipo de seguridad del evento, sino de los que rigen la seguridad nacional, desde arriba. ¿Por qué? Se preguntaran ustedes, pues porque lamentablemente nuestra sociedad no está preparada ni moral ni psicológicamente para entender que con la violencia no se va a ningún lado. Lamentable, pero cierto.

Es entonces cuando volvemos con la frase “gracias a Dios no pasó a mayores”. Será porque no hubo ningún fallecido, pero personalmente creo que ver a niños llorando aterrorizados por no saber que pasa y ver a jugadores preocupados por la integridad física de sus familiares en vez de estar concentrados en su trabajo, pues da a entender que somos una sociedad que pasó el límite de lo “normal” hace rato.

Hace una semana tuve la oportunidad de asistir al clásico Santos-Sao Paulo aquí en Brasil. Si quieren saber de barras bravas, hooligans y pandilleros a quienes no les importa morir por “defender” a su equipo, pues dense un paseo por cualquier estadio de fútbol brasilero. Pero, ojo, a pesar de lo descrito, mis amigos y yo, salimos sin un rasguño del estadio.

Era el clásico Paulista y los ánimos estaban caldeados pero no tanto como de costumbre. Justo en la entrada del estadio una línea de hombres y mujeres –casco y protección en mano- revisaban a todos y cada uno de los asistentes. Me causó impresión que me quitaran un pequeño folleto de publicidad que llevaba en mi bolso “porque no es permitido ningún objeto que pudiera ser inflamable”, lo arrojé a la basura de inmediato. Mientras tanto a un aficionado del Santos le pedían que se quitara la camiseta pues había comprado asientos ubicados en la zona del Sao Paulo, ustedes saben, “por si pasa algo”.

Una vez adentro, casi un centenar de policías resguardaban las tribunas y el rededor del campo. No hay margen para el error. Esa es la única forma de mantener a raya a los que se dicen amantes del deporte. Unas semanas antes en la Copa Confederaciones ni siquiera te vendían la tapa del envase de agua potable para no ser arrojadas al campo, y detuvieron la venta de alcohol a los veinte minutos del segundo tiempo. Normas que no agradan a muchos, pero era necesario para evitar situaciones peores.


En Venezuela se debe establecer un código normativo dentro de las instalaciones deportivas. No es posible que aun se vendan bebidas en frascos de vidrios o que no haya nadie que confisque ese tipo de envases antes de que comience el juego. Estamos perdiendo el norte y no nos duele que es lo peor, incluso en las actividades que más disfrutamos se ve reflejado el caos de país en el que vivimos donde las autoridades simplemente no hacen nada. 

Comentarios

Entradas populares